Egleth

Cuando me levanto las mañanas trato de imaginarme que estoy en Venezuela, viendo por la ventana la montaña de El Ávila. Yo creo que por esa razón terminé quedando aquí en Quito, porque al ver las montañas me hago la imagen de que estoy viendo El Ávila.

Yo vivía en Venezuela como cualquier otra persona, con una familia tradicional de sólidos principios morales, con una mamá de casa y un papá que trabajó toda la vida para garantizarnos el sustento del día a día y la educación. Mi mamá y mi papá son dos personas maravillosas que no fueron a la universidad pero que tiene muy arraigados los valores de trabajo y cultura. Mi papá canta joropo, toca el arpa y las maracas. Evidentemente crecer en una casa donde escuchas cotidianamente joropo venezolano, te hace, sin darte cuenta, amar a tu país. Una vez le pregunté a una amiga que practica meditación, por qué me tocó un hogar tradicional. Ella me dijo lo siguiente: “si tu no hubieras crecido en un hogar con una mamá que sembraba todos esos valores y con un papá que cantaba joropo y tocaba el arpa, Chamos Venezolanos en Ecuador no existiría hoy en día. No existiría porque tu jamás te hubieras planteado que los niños migrantes aprendieran a bailar joropo o a tocar el arpa, el cuarto o la maraca”. Ahí fue cuando me di cuenta cómo la vida te escoge para determinados momentos.

Yo me formé como cirujano ortopédico y traumatólogo. Estuve en la mejor universidad de mi país. Gracias a los hábitos de estudio que me dieron en mi casa, me gané el cupo para esa universidad. Después ingresé al mejor posgrado gracias a que me fue bien en la universidad. Trabajé en las mejores y más prestigiosas clínicas de Venezuela por el trayecto que traía. Yo soy una mujer científica pero cuando pones un pie fuera de tu país y pasas una serie de eventos desafortunados, simplemente te sientas, respiras y te replanteas la vida.

Escuché hace poco una entrevista a un neurocirujano que sobrevivió a los campos de concentración de Auschwitz, que decía que la filantropía o ayudar a otras personas era la forma esquiva del cerebro de evitar el dolor. Eso me impresionó. Este doctor comentaba que se dedicó a ayudar a otros en el tema cognitivo porque pasó por los campos de concentración y ayudar aliviaba el dolor que vivió. Cuando yo escuché eso, empecé a entender todo.

Cuando salí de Venezuela yo no quise despedirme ni de mi papá, de mi mamá ni de mis hermanos. Yo había viajado antes a Bogotá a un entrenamiento sobre pie traumático en el Hospital Central Militar. También había ido a Argentina a hacer un curso sobre implantología de mano y había visitado Estados Unidos. Recuerdo que traía una maleta llena de todos mis papeles y otra con ropa fresca del Caribe. Un familiar me regaló el pasaje de avión y me vine con $80 dólares, confiando en el dinero electrónico que tenía almacenado en la tarjeta.

Llegué a la casa de una amiga que alojaba a otra chica venezolana, con trastornos psicológicos que terminó botando mi pasaporte a la basura. Me quedaban $30 dólares en el bolsillo y la tarjeta no servía porque habían cambiado el precio oficial del dólar y cuando eso sucede, se bloquean las tarjetas de todos los que estamos fuera de Venezuela. Estaba sin identidad y sin dinero. ¿Cómo hacía yo? No quería llamar a mi familia para decirles lo que estaba pasando porque era una manera de reconocer que fallé. Recuerdo que me senté en un jardín en la parte afuera del edificio. Yo no creo en los muertos ni en nada por el estilo, pero antes de venirme mi abuela materna había fallecido. Y ese día fue la única vez en la que le he pedí ayuda a una muerto. Dije “mira abuela, si tu andas por allí porque fuiste una mujer muy buena, necesito que me ayudes porque estoy en una situación muy difícil.”

Al día siguiente, agarré un periódico y empecé a marcar ofertas de empleo. Me puse unas botas que me había comprado en Buenos Aires, de cuero, altas, bien bonitas y fui caminando a una agencia de empleo en la calle Cuero y Caicedo. En la agencia me pidieron una copia de la hoja de vida y fui a imprimirla en el café net de enfrente. Cuando entré a este local me vio una señora chilena, encargada a medias del negocio y de la peluquería canina contigua. Ella me dijo que los de la agencia de empleo no me iban a llamar – como efectivamente fue- y la semana siguiente me contrató para ayudarle en la peluquería canina.

A partir de ese momento aprendí a bañar perros. Poco a poco, la chilena y yo fuimos desarrollando una amistad que hasta el día de hoy es bonita y sólida. Ella me acondicionó un espacio para vivir entre la peluquería y el café net. Me dio una estufa para que yo no sintiera frío, fue conmigo a comprar una telas y me hizo unas cortinas espectaculares, me colocó una cama matrimonial, me puso un televisor pequeñito y flores en la ventana. Me decía: “cuando te levantes en la mañana, ve las flores y no te deprimas”. Cuando llamaba a mi familia, yo no les contaba que estaba viviendo una situación muy difícil en Ecuador. Caminaba mi propio desierto.

La señora chilena me puso en contacto con unos médicos veterinarios y empecé a operar perros fracturados. Por supuesto, yo no estaba facultada para operar perros ya que no soy veterinario. ¿Cómo lo hice? Primero, la anatomía es una anatomía comparada y segundo, agarré un libro de cirugía veterinaria y estudié cómo eran los abordajes de las patas de los perros. Empecé a operar y nos fue súper bien, salvamos todas las patas de los perros que llegaban. Me pagaban $100 dólares por cada caso operado a pesar de que ellos cobraban hasta $800 dólares por perro. Empezaron a pasar los meses y los médicos veterinarios dejaron de pagarme. Gracias a la intervención de mi amiga chilena, me liquidaron los valores pendientes y ese dinero me sirvió para pagar la visa de trabajo. Gracias a DIOS bendito, logré estampar la visa.

Recuerdo el día que fui al Supermaxi y de forma inesperada, conseguí trabajo como médico en un hospital. Cuando estaba haciendo fila en la caja, vino un muchacho corriendo y me dijo que le pasara el coche. Yo no sabía que aquí le dicen coche al carrito de compras y cuando se lo pasé, el chamo lo agarró molesto. Yo me disculpé comentándole que yo no era de aquí y que no le había entendido. La cajera intervino diciendo, en malos términos, que se me notaba que yo no era de acá. A la salida del supermercado me esperó un señor que reprochó la actitud de la cajera y me preguntó qué hacia. Yo le conté que soy médico, que estaba buscando trabajo y él me dio su tarjeta y me dijo que fuera a buscarlo el lunes siguiente, en el distrito sanitario número tal. Fui ese día en la mañana acompañada por mi amiga chilena que quería asegurarse de que todo fuera legal. A penas llegué me hicieron dar una prueba de conocimientos y la semana me avisaron que había sido escogida para ocupar la plaza de médico general en un nuevo hospital público. Obtuve una de las tres puntuaciones más altas de todos los aspirantes.

Empecé a trabajar como médico general y al poco tiempo me nombraron jefa de emergencia. Recuerdo el día que el presidente fue a inaugurar el hospital. Conocí al presidente y hasta me tomé una foto! Mi familia estaba feliz en Venezuela y yo no me lo podía creer. Ese día lloré de la emoción porque estaba saliendo de una situación tan precaria y acababa de conocer al presidente, era como un sueño. Dos semana después me llamó el director para despedirme porque un especialista había pedido mi destitución por celos profesionales: no soportaba que una extranjera estuviera coordinando el área de emergencia en un hospital recién inaugurado. Para entonces, yo había alquilado un apartamento amoblado y equipado en la calles Ulloa y Las Casas y había comprado la vajilla y las ollas como a mi me gustaban. Yo salí del hospital llena de amargura, con la tristeza a millón porque había logrado en tres meses lo que no había podido lograr en casi un año de búsqueda.

Justo antes de salir del hospital, en el mes de octubre de 2016, hubo un acontecimiento que marcó mi vida. En la madrugada, llegaron cuatro venezolanos accidentados, con traumatismos múltiples. Yo recuerdo que todos salimos a atenderlos pero cuando los heridos escucharon mi acento, se alegraron. Uno decía “DIOS mío gracias, la doctora es venezolana, es de Caracas, es venezolana”. Esto me impactó y entonces ubiqué en los hospitales públicos a todos los enfermos venezolanos que estuvieran solos y empecé a ayudar a esa gente. En los meses que estuve ya desempleada, armé la red de Chamos Venezolanos en Ecuador. Mi amiga chilena me empezó a ayudar, en su camioneta transportábamos la ropa y los colchones.

Al poco tiempo me di cuenta que no podía sola y me puse a diseñar equipos de trabajo en base a mis vivencias y las necesidades que pasé. Por ejemplo, dije yo pasé frío, vamos a crear el equipo abrígame. Abrígame entrega ropa para el frio, camas, cobijas y sábanas. Después dije, yo también pasé hambre, vamos a crear mercado nutricional, que recibe alimentos y los entrega a familias vulnerables. Yo visitaba enfermos que estaban solos, entonces creamos el grupo familia sustituta. Recordando que cuando me enfermé, un médico venezolano me atendió de forma gratuita, creé un grupo que se llama saludable. Los domingos me daba nostalgia porque mi papá tocaba y bailábamos joropo entre mi hermano y yo, solo para alegrarle el corazón. Entonces, decidí crear el equipo tradiciones que se encarga de enseñar a los niños a bailar joropo y a tocar tambor y otros instrumentos. Llamé a todos los músicos que teníamos y creamos un chat que se llama Chamos Músicos.

Para cuando todos los equipos de Chamos Venezolanos Ecuador estaban funcionando, habíamos crecido tanto que ocupábamos buena parte de las casas de nuestros voluntarios. Necesitábamos alquilar una casa y lo hice gracias a los ingresos que obtuve al operar a una señora venezolana que se rompió el pie. No teníamos cocina, nos donaron la cocina; no teníamos nevera, apareció una señora de la nada y nos regaló la nevera. Yo trabajo para pagar esta casa: la mitad de mi sueldo de 900 dólares va a pagar ese espacio que cuesta 500 dólares mensuales. Sin embargo, no dejo de hacerlo porque sé que esa casa es de bendición para muchos.

Cuando yo le doy ropa a alguien que está pasando frio, siento que salvé a uno. Yo sé que no puedo llegar a todos pero me acuesto a dormir más tranquila sabiendo que al menos hoy uno comió, hoy uno tiene una cobija y no le va a sangrar la nariz ni se va deshidratar por el frío. Esto me genera una sensación de paz. Siempre pienso que ojalá pudiéramos llegar a más, pero cuando veo que salvamos a uno, aunque sea uno, yo puedo respirar. A veces me pregunto cómo pude inventarme una red de solidaridad tan amplia fuera de mi país.. No ha sido fácil el camino pero hemos podido dar aliento y una mano amiga a gente que tiene menos que nosotros. Hemos ayudado a cerca de 5000 familias y creado grupos en Ibarra, Latacunga, Chone y Tosagua.

Yo sueño con lograr un asentamiento de gente venezolana seria y profesional, que viene a Ecuador a construir país, así como lo hicieron los españoles e italianos en Venezuela. Yo sé que no es un proyecto de hoy para mañana pero espero que mis ojos puedan ver eso y que podamos tener un colegio venezolano para nuestros chamos.

Cuando se dieron la semana pasada los ataques contra venezolanos en la ciudad de Ibarra, me di cuenta que habíamos vivido la Noche de los Cristales Rotos de 1938. Cuando los muchachos me empezaron a llamar para contarme que estaban asustados, escondidos debajo de las camas porque les iban a tocar la puerta de las casas y exigir que salieran, era como vivir un capítulo de la historia que pensé nunca me iba a tocar a mi vivirlo. Es impresionante cómo el desconocimiento de la historia hace que los grupos poblacionales repitan errores. Como respuesta a estos ataques, nosotros llamamos a una rueda de prensa para decir públicamente lo que estaba pasando. Hicimos un llamado a parar la violencia e invocamos la humanidad, la fibra de humanidad de las personas y el derecho fundamental a la vida que se tiene que respetar independientemente de la nacionalidad. Cuando yo pido por la vida asumo al 100% mi rol de médica porque yo dediqué mi vida a estudiar como preservar la vida, entonces les hablo con la autoridad que tiene un profesional pero también les hablo con la sensibilidad de una persona que ha sido vulnerada.

No tengo miedo porque yo soy una mujer de fe y creo en la fuerza del universo, que para mi se llama DIOS. Yo pienso que cuando actuamos en nombre de DIOS y creyendo que tenemos la justa razón de nuestro lado, algo pasa en el universo y DIOS te envía ángeles. Camino sin miedo porque sé que estoy hablando por gente que tiene mucho dolor y no tiene la posibilidad de ser escuchada. Cuando hablas en honor a la verdad y defendiendo al que no puede defenderse solo, yo creo que el universo te cuida.

En fin, mi historia de migrante es que yo camine mi propio desierto para después ayudar a otros.